Entre los Maldeamores de una premiere
Muchos periodistas, cámaras de televisión, expectativa, orgullo y hasta sudor. Las emociones fueron grandes en lo que llaman unos que balbucean inglés, la premiere; otros más duchos con la palabra castellana se refieren al estreno. En todo caso, la proyección de apertura de una película. Ahí estuvo LaJota, en los días de Maldeamores.
El jet set de la vida pública se paseó por la alfombra carmesí de corazones vendados. En ese espacio METROpolitano se develó una nueva generación de gente comprometida con las artes cinematográficas. Cualquiera que estuviese por primera vez en un evento de esta índole se asustaría. No comprendería cómo alguien puede ir dando pasos laterales cada microsegundo respondiendo una y doscientas cuarenta veces la misma pregunta.
Estrellas, de las que son diferentes a las de la NASA, pisaron la más pisada: Luis Guzmán, Teresa Hernández, Dolores Pedro, Chavito Marrero, Silvia Brito y Miguel Angél Álvarez. Por su parte, Luis Gonzaga, quien interpretó al enamorado tras el retrovisor de la AMA, prefirió no transitar la colorá, ignoró la típica pregunta de periodista creativo: ¿qué se sintió trabajar en esta película? Obviamente, es imperdonable que dejemos la lista de celebridades de esta forma tan raquítica. Lo haremos. Creemos en la anorexia farandulera.
Luego que la mayoría abordó la sala principal de ese antro con ciertas disyuntivas amorosas, los que mandan hablaron, en particular el productor de este cuento, Luillo Ruiz, quien no reparó en destacar que Maldeamores es el trabajo de mucha gente con ganas de que en el País, de una vez y por todas, pase algo con la industria fílmica.
El presidente de la Junta de Directores de la Corporación de Cine de Puerto Rico, Milton Segarra, muy atinadamente, disculpen la subjetividad, hizo erizar el bello con lo que unos franceses se sentaron a pensar un día: “el país que deje de verse a sí mismo en la pantalla grande, muere”. No era para menos, los directores, Carlitos Ruiz y Mariem Pérez, con un emperifolle poco usual, aunque característico de estos eventos, agarraron el micrófono y sin papel en mano agradecieron. Sí, lo que uno hace en estas ocasiones, agradecer el derrame de gotas gordas a los que ese día se perfumaron y engalanaron para ver el fruto de muchas noches de malos amores.
El día, la hora, el momento y el pop corn habían llegado. La película comenzaría. Entre los ansiosos que la verían por primera vez; los que ya habían visto y no paraban de contarle al del lado lo buena que estaba; y otros que se criticarían por un diálogo, sólo a su juicio, forzado, la luz tenue de aquella sala más grande que cualquiera de urbanización cerrada se apagó.
Todos nos hicimos parte de ese cine que nos hacía reírnos a pata suelta de nosotros mismos, de nuestra jerga, de nuestras eres por eles o viceversa y ,sobre todo, de nuestros problemas de desquicie sentimental. Un “por fin” se escuchó. Y eso mismo pensé, por fin. Todo fue cine.
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